La ética como componente de la visión ecoturística
Elementos sobre Ética, Medio Ambiente y Turismo
Por Sebastián Salazar Costa Rica
Comúnmente escuchamos hablar de “Ética” con respecto a muy diversos temas: ética de la función pública, ética del sector escolar, ética del comportamiento social, ética jurídica, ética empresarial, ética de los partidos políticos, ética ambiental, ética de las encuestas de carácter electoral, ética en el turismo, etc, sin que nadie se preocupe por definir, previamente, el concepto de ética utilizado.
El asunto resulta más grave cuando se asocia el término ética a las esferas de los negocios, del mundo natural, la protección del ambiente y la promoción turística vinculada con esta última.
En este sentido, existen dos vicios de enfoque cuando se correlacionan los conceptos de ética y naturaleza y/o ambiente, básicamente a: 1) la distorsión conceptual de elaborar predicados sobre el medio ambiente natural , la naturaleza como tal, considerándola como algo ajeno, externo, independiente del sujeto que se refiere a ella y la conceptúa; 2) la fatal omisión de no establecer cuál es el sustrato esencial en que descansa cualquier actitud, política o acción que se refiera a la conservación y uso de los recursos naturales y el medio ambiente en general.
Y no es posible referirse al mundo físico que nos rodea, el mundo natural, como “algo que esta ahí”, fuera de mí, dado que, el desarrollo científico nos ha permitido conocer, prolijamente la profunda interdependencia de los seres vivos y entre ellos, los seres humanos como constructores de la realidad, como agentes históricos y/o realizadores culturales. En efecto, el animal hombre es el responsable principal del desarrollo histórico y cultural: sin su presencia activa el “mundo” no presentaría, para bien o para mal, la estructura y configuración actual.
Como corolario, si se examina en detalle la actividad humana en procura de la alimentación, debemos aceptar que, el ser humano ha modificado el comportamiento, estructura y función de unos pocos seres vivos. Por ejemplo el descubrimiento de la agricultura y la domesticación y selección de plantas alimenticias (arroz, frijol, maní, maíz, papa, trigo) de algunos animales (ganado vacuno para leche y carne, caballo, oveja, gallina); frutales (manzana, naranja, papaya, piña) entre los principales, o sea todo el producto cultural del proceso de domesticación biótica.
De acuerdo con este enfoque, el ser humano ha sido partícipe de una acción cultural favorable en procura de su bienestar. Otro tanto ha sucedido con algunas prácticas de todo tipo lesivas para su entorno inmediato y la salud de su hábitat: por ejemplo, la degradación de su mundo físico, el deterioro de su burbuja atmosférica, el uso indiscriminado de agentes químicos letales, la tala inmisericorde de sus bosques oxigenadores y mitigadores de gases; la minería a cielo abierto, la polución geométrica de su entorno inmediato; la extinción concreta de especies de seres vivos, etc; todo lo cual, nos demuestra, claramente, que esa tal naturaleza no es un simple “algo” sin conexión antrópica y que, muy por el contrario, el ser humano es un componente más del mundo natural, un agente crucial, hasta peligroso, si se quiere, en quien descansa paradójicamente, la estabilidad, el equilibrio, la salud, la experiencia de la percepción individual de esa naturaleza y el destino del planeta.
Por ejemplo, entre muchos desatinos, ya la carrera espacial no es una mera competencia tecnológica entre dos sistemas políticos, no, ahora se trata de visualizar una esperanza de refugio en alguna parte del universo, frente a una probable expectativa de deterioro de nuestra nave nodriza de agua, aire, fuego y viento, en colapso funcional generalizado, por nuestra incapacidad de destreza conductiva.
Siguiendo con esa idea, se debe reconocer que existe cierto vicio de apreciación cuando se objetiva, de mala fe, o hasta por ignorancia, a la naturaleza como algo que está ahí sin más. Sin embargo, de acuerdo con la práctica histórica del hombre, ya resulta imposible sostener ese tipo de dualismo absurdo. La naturaleza no está fuera de mí, porque yo soy parte de ella, con ella interactúo cotidianamente, de ella me beneficio, con ella me solazo y retribuyo espiritualmente para goce del alma. Pero en esa tal relación, descubro que tanto más cuanto soy dependiente de ella, tanto más es de profundo el vinculo umbilical que me ata a ella y que permite, de algún modo, mi interacción constante con sus recursos y sus componentes. Los anteriores ejemplos de intervención negativa humana ponen de manifiesto el grado de interdependencia entre el sujeto conocedor y transformador del mundo natural, el profundo vínculo ontológico, connatural, funcional, holístico, entre ese sujeto y el domo físico-natural que le rodea en su inmediatez vital.
Ya no es posible hablar de una naturaleza como algo externo y ajeno al ser humano, como una frontera agrícola, como un reservorio, montano silvestre, exótico y muy lejano a mí. Desde el punto de vista meramente sistémico esa visión es absurda, por cuanto existe un juego múltiple de correlaciones, de actividades bajo la forma de entradas y productos entre el ser humano y el medio ambiente.
El Fundamento Ético de las Acciones de Conservación
y Uso del Medio Ambiente
Uno de los términos menos precisos y más popularmente utilizados – a raíz de los problemas de contaminación, calentamiento global y extinción de las especies biológicas – es el concepto de ambiente, del que no se da una connotación específica y clara. “Ambiente” es todo lo que rodea la vida del hombre en sociedad y en su historia, es decir, el marco circunstancial de interrelaciones físicas, químicas y biológicas que rodean los seres vivos e interactúan con ellos, estrechamente ligados por dos tipos de componentes: abióticos y bióticos. Desde este punto de vista todas las permutaciones culturales, científicas y materiales del hombre son realizaciones que pueden desembocar en devastación o progreso. Hoy se dice que el enorme desarrollo industrial del mundo bajo un esquema globalizado, viene a denotarlo como el más amplio responsable de los males que aquejan al planeta, entre los cuales, resalta el rompimiento de la cadena trófica que sostiene el hábitat humano.
Sin embargo, es necesario distinguir la concepción del ambiente como un todo que incluye la cultura y la civilización, reservando aquella interrelación de componentes bióticos y abióticos para referirse al mundo natural. O más específicamente, ante la manipulación gratuita de “lo ambiental” que ha derivado en las poco razonadas prédicas del “ambientalismo”, conviene – con ideas de avanzada – referirse a la naturaleza como medio ambiente y ambiente como un concepto mayor, integrador de todos los intercambios sistémicos, fuerzas, energías, seres que, se interrelacionan, producen y hasta devastan su entorno inmediato, tal como lo demuestran el mal llamado progreso y bienestar desde su dimensión cultural.
Hecha esta primera aclaración conceptual es importante agregar que normalmente se omite, se soslaya, toda pretensión por aprehender un fundamento ético, esencial, cuando se habla de la conservación de los recursos naturales y la necesidad de restaurar o regenerar el hilo trófico deteriorado. Y esto es válido para el hombre en todas latitudes, para gobiernos e instituciones que mantengan algún vinculo con el medio ambiente natural, lo que pareciera confirmar la visión de Albert Einstein sobre el hombre y su compromiso moral: “Todo lo que tiene importancia moral en nuestras instituciones, leyes y costumbres, puede deducirse de la interpretación del sentido de la justicia por parte de innumerables individuos. Las instituciones son impotentes, en el aspecto ético, a menos que las apoye el sentido de la responsabilidad de los individuos actuantes.”
Si preguntamos a un ambientalista ¿por qué es imprescindible cuidar el medio ambiente, muchas veces su respuesta, en ultimo término tendría que fundarse en que la inacción ante la degradación del medio ambiente conllevaría a la desaparición de la vida. Empero si se analiza el asunto a mayor profundidad deberíamos descubrir que más allá del sutil hilo del equilibrio trófico también hay un hilo invisible que establece una comunión universal entre los seres, es decir, un deber ser de cosmicidad ─ si se nos acepta el término ─, o existencialidad cósmica. Quiere esto último decir que existe un sustrato ontológico que identifica, como la huella digital, a todos los seres vivos. Tal sustrato puede concebirse en dos dimensiones: a) la participación de los entes y su ligamen profundo y único con el ser; b) la impronta universal del fenómeno de la vida cósmica.
Ya hoy se piensa que, ante un eventual cataclismo nuclear (que no desintegre el planeta), podrá desaparecer la especie humana y algunas otras, la civilización, la cultura, pero la vida y algunos de sus componentes primigenios, tal como lo demuestran los descubrimientos de microorganismos desarrollándose en condiciones impensables hasta hoy.
No obstante, por muy atractivo y novedoso que pueda parecer ese ultimo enfoque, no escapa a circunscribirse a la dimensión físico material del fenómeno vital. Es necesario ir más allá todavía para tratar de apresar una última razón desconocida u oculta que ha escapado a las concepciones ecológicas y científicas. Con ello queremos referirnos al ligamen inefable, clandestino, hasta críptico, que deviene de la solo presencia de los existentes en el universo. En efecto, no bastaría con la sola detección de un rastro de vida después de una hecatombe. Lo importante, nos parece, es que la vida debe concebirse como un fenómeno en el que todos los seres vivos aspiran al acrecentamiento de su ser y progreso cualitativo, tal como nos lo recordaba el célebre Estagirita.
Y es que ese vínculo imperceptible de los existentes en cuanto tales, contiene en si mismo todo afán de perfección y acrecentamiento de los existentes. No basta con solazarse ante el espectáculo bello y/o sublime de un ecosistema, del colorido plumaje, canto, o vuelo de un ave, o las piruetas maravillosas de un pez. Lo importante es reconocer, captar, asimilar el idioma universal de los existentes en su lucha por un progreso infinito, un acrecentamiento de todas sus potencialidades originarias en camino de ascensión cualitativa de su ser.
Aquí, creemos que descansa el error y la miopía de muchos ambientalistas, de los discursos afincados y limitados por un “fisismo” y un materialismo grosero, entronizado en concepciones circunscritas a la esfera de lo puramente físico y fenoménico (lo que aparece).
¿Cuál es entonces la necesidad ética de proteger el medio ambiente? Empecemos por aclarar conceptos: por ética debemos entender, etimológicamente un concepto de comportamiento, aquel êthos que deviene en carácter. Es decir aquel comportamiento que deja huella, surco, el carácter en mí a través de mis actos. La ética es una disciplina que pertenece al cuerpo de la filosofía y que se refiere a la legitimidad axiológica de los actos humanos. Se diferencia de la moral, conceptual y etimológicamente en que ésta última proviene del latín mos, esto es, hábito, costumbre, entendiendo que el comportamiento de la primera no es reiteración de actos, de hábitos, sino de guía para la acción en libertad, deber y elección individual. La primera señala, regula; la segunda insiste axiológicamente en el comportamiento reiterado.
El problema ético es básica y exclusivamente del hombre. Solo atañe a él y constituye un problema para él, y que se suele estructurar como un medio entre dos extremos, a saber, el ser imperfecto pero imperfectible; el ser que, siendo imperfecto puede ser perfectible y el ser perfecto pero imperfectible.
Esto quiere decir, que el primer caso refiere al individuo sin entendimiento ─ deficiente psico-fisiológicamente ─ incapaz de toda perfección por motivos físicos, neurológicos, fisiológicos, etc; el segundo refiere exclusivamente al ser humano como sujeto de un problema ético que le obliga a su constante perfeccionamiento, desarrollo de sus potencialidades y al ejercicio de sus más elevados valores, entre ellos la solidaridad coexistencial, ontológica que, manifestada en él le vincula esencialmente no solo con sus congéneres, sino con todos los demás seres que le acompañan en el cosmos. El tercer caso remite a un ser superior, trascendental que fundamenta la naturaleza moral, el deber y la obligación del hombre de mejorar su ser.
Si miramos la problemática del medio ambiente bajo esta óptica, si podríamos establecer una obligación intrínseca, consustancial, connatural entre el hombre y los demás existentes bióticos que le rodean. De esa manera, podríamos percibir no la simple posibilidad de que la vida llegue eventualmente a desaparecer si no actuamos a tiempo, sino debemos propiciar nuestros mejores esfuerzos para garantizar la expresión infinita, enriquecedora, gratificante, útil de todas sus potencialidades como una interrelación armónica, donde, nuestro crecimiento cualitativo estará sincronizado con el equilibrio universal del mundo y de la vida.
No debemos olvidar que mucho del turismo enfocado hacia el medio ambiente deriva del atractivo y gratificación del entorno, máxime en enclaves tropicales y de enorme riqueza de diversidad biológica como de este pais, aunque otras veces, desafortunadamente, parece provenir del triste espectáculo explotador y depredador del equilibrio sistémico que arrasa, destruye, violenta, contamina, inutiliza, no solo el entorno biótico, sino que degenera, corrompe, prostituye la base ética de los pueblos, su juventud, su alma, su reservorio moral. Es una suerte de turismo que nos recuerda a la distancia al Homo hominis lupus de Hobbes y al devorador sociopotencial de vivientes de Shopenhauer, un paradigma de turismo mercantilista, de “bolsa de valores” que, en su loco afán por acumular exorbitantes ganancias y capitales, no se detiene ante nada y le parece que el desarrollo sostenible es un estorbo y un enemigo del progreso. Inclusive, cuando le conviene, utiliza la predica de la sostenibilidad para agradar oídos, sin traducirlo en acciones concretas que, a la larga, si se las toma en serio, conllevarían las oportunidades de perder los “buenos negocios”.
De este estilo resultan ser los megaproyectos turísticos acelerados, contra viento y marea, en muchos lugares, la minería a cielo abierto, los suntuosos y sospechosos residenciales exclusivos en lugares aledaños a las áreas de conservación y reservas biológicas. Concomitantemente, con la avaricia autóctona de algunos grupos de poder, también debe reconocerse la amenaza que ha venido gravitando sobre este país, ante la realidad que algunos esfuerzos empresariales vinculados a megaproyectos costeros se han visto detenidos por la crisis económica en los mercados bursátiles, que ha golpeado a las fuentes de origen de los capitales de inversión, probablemente guiadas por una avaricia superlativa y de dominio político y económico y desata grisáceas nubes de tormenta para sus intereses en el futuro inmediato.
Así las cosas el desarrollo del turismo como actividad cultural debe estar estrechamente fundamentado en un neohumanismo, en un marco de visón integradora, sistémica, de apertura conceptual que integre nuevos y ambiciosos puntos de vista, enfoques que contribuyan a redescubrir la comunicación universal de los vivientes, cósmica, de todos sus elementos en cualitativa dependencia y realización.
Así, pensamos verdaderamente que estaremos hablando no de una actitud amigable con el medio ambiente, sino de una intervención solidariamente sostenible del mundo y sus recursos.
Einstein, A. 2000. El Estado y la conciencia individual. Mis Creencia p.16. – Copyright www.elaleph.com.