Pacha Mama: Viva para extraer, inerte para depositar
Foto: El Pais.cr
Por Grettel Navas Costa Rica
La teoría de Gaia es desarrollada por James Lovelock en 1969. En ella se expone que la Tierra es un sistema vivo, creador de su propio hábitat, que se encuentra así como los humanos en un “proceso constante de evolución” y que, se autoregula de la misma manera en que lo hacemos nosotros (y nosotras) los seres humanos.
Pero, 1969 es un año bastante reciente. Desde hace siglos, los pueblos indígenas, tanto en América Latina, pasando por oriente y llegando hasta la concepción de la naturaleza de los antiguos japoneses, sabían la teoría de Gaia (probablemente, con otro nombre).
Estas concepciones parecieran lógicas; no obstante, el comportamiento de nosotros los humanos (desde oriente hasta occidente) es paradójico. Con todas las lindas teorías, los buenos textos, las múltiples convenciones, los protocolos internacionales y las idóneas leyes que tenemos en nuestros países, me hago la siguiente interrogante: ¿Para qué tanto texto si no se aplica en la práctica? ¿Cuál sería un comportamiento ideal?
Para Edgar Morin, autor francés, la conciencia ecológica es un proceso que consiste en varios descubrimientos: el primero es el de conocer y ser consciente de que “aquello que llamamos medio, entorno o naturaleza, constituye un ecosistema, una unidad viviente de extrema complejidad, constituida por las interrelaciones entre un gran número de especies vegetales y animales”. ¡Gracias monsieur!, por aclararnos que en el mundo no existimos únicamente nosotros los humanos.
Según lo expresado por Morin, el mundo lo compartimos con muchísimas especies, desde la semilla de un manglar, hasta los más grandes cóndores que antes se apreciaban con frecuencia en las montañas andinas. Y a pesar de que somos una de las especies con mayor población (7.000 millones de personas), también podríamos estar en extinción en los próximos años. Entendamos, no somos los únicos. No seamos egoístas.
No podemos apropiarnos de la naturaleza como medio de producción y fuente de riqueza. Tampoco podemos cuidarla únicamente para que las “generaciones futuras” puedan tener recursos. Es necesario salir de esa lógica antropocéntrica, tener presente de que somos parte de un ecosistema mayor, de un perfecto equilibrio que estamos, dicho sea de paso, desequilibrando.
La Tierra no es un ente externo que sirve al ser humano como fuente de recursos, de energía, de agua, de aire, de paisaje. Tampoco es el lugar a donde pueden ir todos nuestros desechos. Tampoco las especies de los mares tiene como objetivo principal alimentarnos, ni el aire se creó para que pudiéramos enriquecernos con mercados de carbono.
No solo hay que cuidarla, porque es necesario preservar para poder seguir explotando, sino hay que cuidarla desde una concepción ética, porque somos parte de ella. Así como una semilla de manglar o un cóndor, los humanos somos una especie más, que lejos de ser los “amos y señores” de los recursos, también debemos tener límites de crecimiento, respetando a las otras especies.
Tal vez, si dentro de cada uno de nosotros tuviéramos presente, que tenemos inserto un pedacito de madre tierra en nuestro cuerpo, nuestro comportamiento sería menos egoísta. Si tan sólo, pudiéramos desarrollar esa sensibilidad, esa conexión. Si, al igual que Morin, entendiéramos que a pesar de ser complejo es interrelación multilateral, nuestros comportamientos y nivel de consciencia serían diferentes.
* Grettel Navas fue parte del equipo de trabajo de Fundación Neotrópica y actualmente se encuentra cursando su maestría en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales FLACSO en Ecuador.